Asi que paciencia, que esto tiene su proceso.
jueves, 28 de agosto de 2008
¡¡¡Houston, Houston!!!! tenemos un problema
Asi que paciencia, que esto tiene su proceso.
martes, 26 de agosto de 2008
Aviesas intenciones
Somos ya una pequeña ciudad virtual, multicultural con una alcaldesa fundadora y un montón de intenciones dispersas pero que confluyen todas en nuestra bandera: el amor a los libros.
¡¡Abrete Libro!!! es un punto de encuentro para quienes desde sus múltiples perspectivas giramos en torno a los libros y las lecturas. Comentamos libros, para bien o para mal, buscamos referencias para leer o comprar o regalar, leemos en común, animamos a nuestros escritores y editoriales,.. Todo ello desde diferentes posturas, la del lector apasionado, la de escritor que nos presenta sus obras, la del editor que nos trae sus novedades, las del agente que promociona a sus escritores. Todo tiene cabida aquí. Nos gusta que se haga abiertamente, que no nos sintamos manipulados, llamar pan al pan y vino al vino porque para todo hay sitio, como lo prueba el contenido temático de las jornadas de septiembre.
A veces tenemos contraste de pareceres, a veces alguien trata de colarnos un gol de pasar por quien no es o de entrar arrasando, sin embargo somos muchos y valientes, tenemos fuerza para aguantar. 5000 foreros son muchos foreros, muchas opiniones para ser unánimes, pero en la variedad y en el debate, encontramos una puerta abierta para la libertad, porque la Cultura nos hace libres y mas capaces de asimilar y aceptar criticas, mas aptos para entender lo que nos rodea.
Y a los nuevos, ¡¡¡Bienvenidos al Club de los lectores impenitentes!!!
La cuenta atras
Ultimando detalles en estas semanas que nos quedan, nos damos cuenta de que esto es realmente algo serio. No se trata de una mera reunión de amigos. Va mucho más allá. Desde mi experiencia, nunca me había visto en una situación similar con anterioridad. Reuniones, llamadas, cadenas interminables de e-mails, pruebas, más pruebas, malostentendidos, acuerdos, sonrisas…
Son estas las sensaciones que me llevo en todo este proceso. Y eso a la espera de lo que está por llegar. Con mucha ilusión y muchas ganas de que todo salga según lo previsto, de que satisfaga las expectativas de todos aquellos que acudáis y de que cada uno de los asistentes vuelva a su casa con una dulce sensación de haber disfrutado mucho y aprendido más, espero con inquietud el momento del encuentro.
Fdo. Alicia
domingo, 27 de julio de 2008
Un viaje interior con nombre propio, Steinbeck.

A una parte de esta realidad me acompañaba mi mujer, pero también la ilusión por conocer Lisboa y una dirección, un hotel de 4 estrellas en pleno centro. Y de la otra parte, al margen de la realidad, me dejaba guiar por John Steinbeck y su perro Charley En busca de América.
Un insignificante “¿Cómo va el libro?” de mi mujer hace de unión entre los dos viajes, entre los dos mundos, entre el libro y el tren.
Enseguida reniego, mientras no aparezca Lisboa en el horizonte, del viaje real y me sumerjo de cabeza entre las páginas del libro, Steinbeck me puede con su prosa certera, radiografía perfecta de una América, la de los años 60, de la que perviven más cosas de las que sospechamos (la discriminación entre Estados, el Sur profundo, el racismo…)
Aunque hay momentos y descripciones impagables a lo largo de toda la obra, es en la 3ª Parte donde me encuentro con lo mejor de lo mejor: su visión de las secoyas y su disertación acerca de la ciudad de Fargo. Probablemente más profunda la escena de las Secoyas, esos árboles gigantes que tanto impresionan a Steinbeck, es sin embargo cuano habla de Fargo cuando me siento totalmente identificado con él. Porque yo, al igual que el autor, tengo mi propio Fargo particular, Bergen, en la costa sudoeste de Noruega. Si para él Fargo es hermana de los “lugares mágivamente remotos mencionados por Herodoto, Marco Polo y Mandeville”, para mí también lo es Bergen, sueño de cualquier viajero y musa de cualquier fotógrafo, antídoto para la realidad y calmante de cuentas en números rojos.
Fuera, tras las ventanas del tren, huyen los campos manchegos acobardados por la promesa de una ciudad con nombre de novela, Lisboa. Dentro, dentro del tren y de mí, a través de la sangre, corre esa América que el autor de Al este del Edén desmenuza con el tenedor y el cuchillo de su escritura.
Hace casi un año encontré este libro maravilloso que sería de egoístas no compartir con todos los que leéis este modesto artículo. El Viaje con Charley tuvo lugar en el año 1960 y publicado 2 año después. Seguramente está esperando nuevos pasajeros, ¿alguno de vosotros quizás? ¿Quién se anima?
Firmado: K.581 (Alejandro Castroguer)
domingo, 29 de junio de 2008
Crontraste de opiniones
Este tipo de debates es sano, depura y ayuda a definir. Son catárticos de alguna manera y por ello no deben dejarnos ningún poso de tristeza.
No es la primera vez ni será la ultima, en todo caso evidencia que el foro es algo importante para quienes participamos en él y que todos queremos lo mejor y que su funcionamiento sea lo mas justo, equitativo y coherente posible.
A mi se me llena la boca hablando de mi foro, llena mis momentos de soledad y me ha aportado mucho intelectualmente. He conocido a través de él a lo que ahora considero amigos de verdad, y me ha permitido acceder a escritores que no me había planteado.
Es un universo rico y creativo. De este tipo de situaciones se sale mas fuerte, con las ideas mas claras y definidas.
¡¡¡Sigamos cuidando nuestro maravilloso invento!!!
jueves, 26 de junio de 2008
Peter Pan en la playa
Pero como esperar todo un año para recuperar esa infancia que vivifica nuestra rutina de sufridores (léase pagadores) es demasiado castigo, nos buscamos otra oportunidad: el verano, las vacaciones. Y así cometemos la locura de jugar al fútbol en la playa o a las palas en la orilla como si fuésemos niños, cuando verdaramente nuestro cuerpo no está para semejantes trotes.
Como quiera que estos intentos son un deporte de riesgo, se me ocurre algo mejor, ¡Peter Panes del Mundo! Bajo el cobijo de una buena sombra yvacompañado por una bebida refrescante muy muy fría -es opcional adornarse con bocata de tortilla de patatas- se pueden recuperar esas lecturas de hace 10, 15, 20 años... esos libros que de niños o adolescentes consiguieron prender la llama de lo que ahora es un gran fuego, nuestra pasión por la Literatura. Regresando sobre Verne, Twain, Salgari, London, Stevenson, ... volveremos a andar ese camino que recordamos vagamente, pero que no es tan familiar porque forma parte de lo mejor de nuestros recuerdos.
Seguro que entre las páginas de esos clásicos rescataremos viejas sensaciones, viejos anhelos, y a lo mejor nos da un vuelco el corazón al reconocer a ese niño que una vez fuimos y que alguna vez soñó con emular a ese Capitán Nemo, a Tom Sawyer, a Sandokan, a Gulliver... a Peter Pan.
Y cuando alguien nos pregunte, al vernos sonreír con la lectura,
-¿Tan divertido es el libro?,
lo miraremos de reojo con la arrogancia de un pirata de "La isla del Tesoro", nos encogeremos de hombros, nos acordaremos de los Niños Perdidos y de Campanilla, y pensaremos que ese alguien habrá de esperar como mínmo a Navidad para recuperar lo que tú ya disfrutas gracias a ese libro, un trozito de tu propia infancia.
Cualquier argumento es válido para rescatar esos libros que muchos de nosotros tenemos en los rincones más inaccesibles de nuestra biblioteca o en la doble fila de nuestras estanterías, como si nos diese vergüenza de esos primeros amores literarios.
Yo soy uno de esos Peter Panes -brazos en jarras y sonrisa pícara- que baja hasta la playa para automedicarse con Verne, el Capitán Nemo y "Veinte mil leguas de viaje submarino".
Firmado: Turangalila (Alejandro Castroguer)
viernes, 6 de junio de 2008
La montaña mágica… cuesta arriba
Reconozco que disto bastante de ser un lector ideal. A veces leo rápido ciertos párrafos, generalmente los densos, esperando que la tortura pase cuanto antes. A veces leo lentamente porque tengo la cabeza en otras cosas y se me mezclan las palabras escritas con las pensadas. A veces cojo el diccionario a la mínima si no sé el significado de una palabra, rompiendo el ritmo de la lectura, a veces no lo cojo aunque el autor, latino sin duda, esté acribillándome con términos y expresiones locales. A veces disfruto de un ensayo ladrillo sentado en el autobús, otras no puedo ni con el relato más facilón en el sofá de mi casa sin que nadie pueda molestarme, por desgracia.
En ocasiones la lectura de una novela me ha llevado meses. La he tomado con ansiedad, leído con más o menos avidez hasta que las circunstancias me han obligado a soltarla, me olvido, pierdo el rumbo y la engaño con otras lecturas seductoras hasta que mi complejo de culpa me obliga a retomar las cosas donde las dejé… en el mejor de los casos. Lógicamente, lo que me encuentro en esas páginas ya no es lo mismo: o yo he cambiado, o ha sido ella. Pero la tinta no engaña: se pega al papel y allí permanece hasta que el paso del tiempo, o un desafortunado incidente, la deterioran.
Reconozco que soy un pésimo lector. No obstante, a veces ser lector pésimo tiene sus ventajas, sus ocultos placeres que los grandes lectores, los que devoran historias, no imaginan. Me di cuenta de ello al leer La montaña mágica, de Thomas Mann. Comencé esperanzado su lectura hace dos navidades: el tocho estaba esperando en las estanterías del mueble del salón, pacientemente, a que algún valiente se atreviera con él. Su visión imperturbable, día tras día, provocó en mí unas ganas tremendas de abalanzarme sobre él, alimentadas por la contraportada, pero sus más de mil páginas me decían “espera el momento adecuado”.
Como decía, creí que ese momento había llegado en las navidades de 2006. Y comencé su lectura, me familiaricé con la ingenuidad de Hans Castorp (horrendo apellido, por cierto), con la alegre pedantería de su amigo Settembrini, y con la tipa rusa con la que ya sabía desde un principio que iba a haber tema. Me encantaban las descripciones de los lugares más comunes, como la primera vez que Hans entra en su habitación. Pero había algo que no me terminaba de enganchar, su lectura se hacía densa por momentos y tenía la terrible sensación de que, efectivamente, ahí no pasaba nada. Y eso que me encantan –que alguien me pegue un tiro– las historias en las que no pasa nada.
Una serie de circunstancias me llevó a que me olvidara de que estaba leyendo el libro. En realidad, me olvidé de todo. Dos o tres meses después, cuando ya empecé a recordar
cosas, retomé el hábito lector. Había cambiado, simplemente: eran los mismos personajes, las tramas continuaban impecables, los tochos teóricos difícilmente comprensibles estaban ahí… Pero todo estaba envuelto en un halo épico. Los personajes corrían por mis venas, incluso los tochos incomprensibles tenían sentido… en la historia.
Y he ahí el quid de la cuestión. El tiempo pasado había dado la medida a la historia. Una novela cuya acción transcurre en siete años, cuya escritura llevo unos cuantos más –con una guerra de por medio- no puede leerse en siete horas, o en siete días. Falta algo, algo que quizá pueda encontrarse en una segunda lectura, cuando los actos pasados de los personajes se hayan emborronado en la memoria, aunque algunos sigan vívidos en la mente del lector, cuando hayan adquirido el aura mítica, cuando los hechos se hayan desligado de la tiranía igualitaria del presente y ajusten sus proporciones en la memoria.
Los dos, la novela y yo, éramos más ricos, estábamos más preparados, nos habíamos convertido en viejos conocidos, nuestra relación no era fácil, ninguno pensó que lo fuera. Pero ahí estaba.
Y la terminé, no sé cuánto tiempo más tardé en acabarla, si tendría que medirlo en semanas o meses. Pero ya formaba parte de mí, los dos tenías algo en común: el paso del tiempo.
Por azares indeterminados, o por masoquismo puro y duro, comencé al poco una nueva novela, Conversación en La Catedral. Otro tocho épico más grande que la vida, cuya lectura empecé un día de primavera en el salón de mi casa y acabé una calurosa noche de agosto en una cochambrosa habitación de Brooklyn.
Pero eso es ya otra historia.
Firmado por Merridew